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“¿Cómo se matrimonia una buena lesbiana?”

Directo de la Revista Semanal emeequis les deseo compartir ésta sección  que da consejos entre otras cosas, a todas aquellas personas que se han liberado y desean llevar una vida con los mismo derechos que la sociedad hipócrita en que vivimos, ha terminado por volver “exclusivos” de lo que la falsa moral (y las leyes) nos dictaminan. Espero que les guste:

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“¿Será que nos sirve un Registro Civil que nos conoce a medias? ¿Será que nos sirve la institución del matrimonio que no reconoce a la mitad de la población? ¿Será que queremos continuar con una epístola de un señor que murió en 1861?”

Artículo completo: Manual de la buena Lesbiana

Mañana es “Día del Amor y la Amistad”, Encuesta:

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“El Manual para los Insomnes”

Uno de mis cuentos favoritos (y sin temor a equivocarme), es sin duda: El ahogado más hermoso del mundo de Gabriel García Márquez.  ¿Ya lo leyeron? Pues si es así o no, creo que no importa. En lo personal no me canso de leerlo y de encontrar cada vez que lo hago, algo que desconocía del comportamiento humano y que no deja de sorprenderme.

Bueno, para el que lo desee leer, aquí está:

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EL AHOGADO MÁS HERMOSO DEL MUNDO

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

“Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.

Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.

No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los pocos muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando encontraron al ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos

Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.

No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un buen pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:

-Tiene cara de llamarse Esteban.

Era verdad. A la mayoría le bastó con rnirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres q ‘ ue lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar por la vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Asi que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

-¡Bendito sea Dios -suspiraron-: es nuestro!

Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias, y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta indolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.

Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamaya en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galeón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.

Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a la distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que en los amaneceres de los años venturosos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas, miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban”.

“El Manual para los Insomnes”

(Para los que no sepan de que se trata ésto, lean el post de ayer titulado de la misma manera)

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La Comunidad de los Blogueros Muertos

Ser bloguero es chido, pero siempre y cuando tu blog sea visitado. Esa es la triste realidad…

Por eso, este post se lo quiero dedicar a todos aquellos blogueros que por alguna razón, sufren la desdicha de ser poco visitados.

La Internet desde hace tiempo se ha convertido en una de las herramientas de comunicación más importantes y poderosas de la actualidad y de nuestra vida cotidiana.

Actualmente la Internet es uno de los pocos medios que se escapan (relativamente) de la censura hacia la libre expresión de nuestras ideas. Pero es triste saber que así, como escapa de dicha censura (por exponer libremente lo que pensamos) también se vea inundada y saturada de porquerías.

Las televisoras ha terminado por apoderarse de ella y autopromocionar su supuesta “industria del entretenimiento”. Y también, la multimillonaria industria de la pornografía ha terminado por hacer lo mismo (solo por citar un par de estos males).

Es verdad también que nadie nos obliga a acceder a este tipo de tantas alternativas con las que dicho medio cuenta, pero también debemos de aceptar cabalmente, que no contamos con la cultuta adecuada para desistir de la tentación a no hacerlo. Seamos honestos…

Bueno, sirva este breve preámbulo para regresar a la idea original del tema en cuestión: Los blogs y sus creadores los blogueros.

Ser bloguero es chido. Y no me va a contradecir en esto porque al menos en mi caso (y al estar escribiendo lo que ahora leen) lo hago con gusto y por la simple necesidad de expresar lo que pienso y así escapar de todo aquello que se nos “impone” a diario y por todos lados.

Ser bloguero es chido, porque en todo momento, convergemos y pensamos en la búsqueda de ideas y/o situaciones que nos sirvan de materia prima para traducir en ideas todo aquello que después e inevitablemente, terminaremos por plasmar en nuestros respectivos “sitios”. En el auto manejando, sentados en el autobus al dirigirnos al trabajo o apretujados en el metro a la espera de encontrar “algo”. Así es como mantenemos nuestras cabecitas ocupadas para los nobles fines. Y digo: “Nobles”, porque esto simplemente nos mantiene ocupados en pensar. Eso es bueno… la convivencia con nosotros mismos y con nuestros pensamientos, es un remedio necesario y excelente para escapar de la triste realidad que a diario nos agobia. ¡No tengamos miedo a experimentarlo!

Ser bloguero es chido, porque resume de manera simple todo (lo poco o mucho) anteriormente mencionado. Por estas simples razones, les digo con toda la entereza que mi razón me dicta en este momento lo siguiente: ¡Que vivan los blogueros!

En lo personal, procuro darme el tiempo necesario para entrar en todos lo blogs que tengo a mi alcance y por supuesto, dejar plasmada una crítica y/o un comentario en el mismo para así, empezar a crear una cadenita entre todos nosotros, miembros ejemplares de La Comunidad de los Blogueros Muertos. Un escape, una salida de emergencia, hacia un lugar desconocido…

Los invito a hacer lo mismo.

“Yo no estimo tesoros ni riquezas y así siempre me causa más contento, poner riquezas en mi entendimiento y no mi entendimiento en las riquezas”

Juana de Asbaje. (¡Si! La misma de los billetes de a 200)

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Lo que sigue, me acaba de llegar. Es de Poli. Gracias por compartirlo…

(Fragmento del libro: Angeles y Demonios. Autor: Dan Brown)

“Cuando avanzó hacia los primeros nichos, pasó ante la tumba de un rey católico de Italia. El sarcófago, como muchos en Roma, estaba torcido con respecto a la pared, colocado de una manera errónea. Un grupo de visitantes parecía confuso por este hecho. Langdon no se detuvo a dar explicaciones. Las tumbas cristianas oficiales solían estar mal alineadas con la arquitectura que las albergaba con el fin de mirar al este. Era una antigua superstición que Langdon había comentado en la clase de simbología el mes pasado.

—¡Eso es totalmente incongruente! —había exclamado una estudiante de la primera fila, cuando Langdon explicó el motivo de que las tumbas estuvieran orientadas hacia el este—. ¿Por qué quieren los cristianos que sus tumbas estén orientadas al sol naciente? Estamos hablando de la cristiandad, no de adoradores del sol.

Langdon sonrió, paseó ante la pizarra y masticó una manzana.

—¡Señor Hitzrot! —gritó.

Un joven que dormitaba en la parte de atrás se incorporó sobresaltado.

—¿Qué? ¿Yo?

Langdon señaló un cartel de arte del Renacimiento clavado en la pared.

—¿Quién es el hombre arrodillado ante Dios?

—Er… ¿Un santo?

—Brillante. ¿Cómo sabe que es un santo?

—¿No tiene un halo?

—Excelente. ¿Ese halo dorado le recuerda algo?

Hitzrot sonrió.

—¡Sí! Estudiamos esas cosas egipcias el trimestre pasado. Esos… mmm… ¡discos solares!.

—Gracias, Hitzrot. Vuelve a dormir. —Langdon se volvió hacia la clase—. Los halos, como mucha simbología cristiana, se tomaron prestados de la antigua religión egipcia, que adoraba al sol. La cristiandad está plagada de ejemplos de adoración al sol.

—¿Perdón? —dijo la chica—. ¡Voy mucho a la iglesia, y no veo a nadie adorando al sol!

—¿De veras? ¿Qué se celebra el veinticinco de diciembre?

—Navidad. El nacimiento de Jesucristo.

—Pero según la Biblia, Cristo nació en marzo. ¿Qué hacemos celebrándolo a finales de diciembre?

Silencio.

Langdon sonrió.

—El veinticinco de diciembre, amigos míos, es la antigua fiesta pagana del sol invictus, el Sol Invencible, que coincide con el solsticio de invierno. Es esa época maravillosa del ano en que el sol regresa y los días empiezan a alargarse.

Langdon dio otro mordisco a la manzana.

—Con el fin de conquistar religiones —continuó—, a menudo se adaptan festividades existentes para que la conversión sea menos traumática. Se llama transmutación. Ayuda a la gente a acostumbrarse a la nueva fe. Los creyentes conservan las mismas fechas sagradas, rezan en los mismos lugares sagrados, utilizan una simbología similar. .. y se limitan a sustituir a un dios por otro.

La chica se enfureció.

—¡Está insinuando que el cristianismo es una especie de… culto al sol reciclado!

—En absoluto. La cristiandad no tomó prestado tan sólo el culto al sol. El ritual de la canonización cristiana proviene del antiguo rito de Euhemerus, el de convertir en dioses a seres humanos. La práctica de «devorar a los dioses», o sea, la Sagrada Comunión, proviene de los aztecas. Ni siquiera el concepto de Cristo muriendo por nuestros pecados es exclusivamente cristiano. El sacrificio de un joven para redimir los pecados de su pueblo aparece en la tradición de Quetzalcoatl.

La muchacha le miró indignada.

—¿De modo que el cristianismo no tiene nada de original?

—Muy pocas cosas son realmente originales en cualquier fe organizada. Las religiones no nacen de la nada. Surgen de otra. La religión moderna es un collage, un acta histórica adaptada de la lucha del hombre por comprender lo divino.

—Mmm… Un momento —dijo Hitzrot, que parecía haberse despertado—. Sé que el cristianismo tiene algo de original. Nuestra imagen de Dios. El arte cristiano nunca plasmó a Dios como el dios sol en forma de halcón, o como una representación azteca, o cosas raras. Siempre muestra a Dios como un anciano de barba blanca. Así que nuestra imagen de Dios es original, ¿verdad?

Langdon sonrió.

—Cuando los primeros cristianos conversos abandonaron sus deidades anteriores (dioses paganos, dioses romanos, griegos, el sol, Mitra, lo que sea), preguntaron a la Iglesia cuál era el aspecto de su nuevo dios cristiano. Muy sabiamente, la Iglesia eligió el rostro más temido, poderoso… y conocido de toda la historia documentada.

Hitzrot le miró con escepticismo.

—¿Un anciano de luenga barba?

Langdon señaló una jerarquía de dioses antiguos que colgaba en la pared. En lo alto había un anciano de barba larga y suelta.

—¿Conocen a Zeus?

La clase terminó al instante.”

“El Manual para los Insomnes”

El Manual para los Insomnes, lo tenía pensado para todas aquellas personas que gustan deambular por el ciber espacio en las horas nocturnas a la búsqueda de “algo”. El fin, simplemente compartir y pasar un rato ameno con todos aquellos que ya conozcan este sitio o con los que por casualidad lleguen a dar aquí pasadas las 8 de la noche.

De lo que se trata es de lo siguiente:

Todos los fines de semana (entiéndase por viernes y sábados) publicaré un escrito de algún autor consagrado que me parezca interesante y por el simple gusto de leerlo. A quien le guste, puede comentar al respecto y estaré como un interlocutor (hasta que el sueño me lo permita) para intercambiar perspectivas al respecto.

Si alguien quiere compartir algún escrito, está cordialmente invitado a hacerlo. No importa que sea propio o ajeno, de lo que se trata, es de dar a conocer aquello que nos parezca interesante… el espacio, queda abierto…

Atentamente: zeptymuz352

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EL RASTRO DE TU SANGRE EN LA NIEVE

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Al anochecer, cuando llegaron a la frontera, Nena Daconte se dio cuenta de que el dedo con el anillo de bodas le seguía sangrando. El guardia civil con una manta de lana cruda sobre el tricornio de charol examinó los pasaportes a la luz de una linterna de carburo, haciendo un grande esfuerzo para que no lo derribara la presión del viento que soplaba de los Pirineos. Aunque eran dos pasaportes diplomáticos en regla, el guardia levantó la linterna para compro bar que los retratos se parecían a las caras.

Nena Daconte era casi una niña, con unos ojos de pájaro feliz y una piel de melaza que todavía irradiaba la resolana del Caribe en el lúgubre anochecer de enero, y estaba arropada hasta el cuello con un abrigo de nucas de visón que no podía comprarse con el sueldo de un año de toda la guarnición fronteriza. Billy Sánchez de Avila, su marido, que conducía el coche, era un año menor que ella y casi tan bello y llevaba una chaqueta de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Al contrario de su esposa, era alto y atlético y tenía las mandíbulas de hierro de los matones tímidos. Pero lo que revelaba mejor la condición de ambos era el automóvil platinado, cuyo interior exhalaba un aliento de bestia viva, como no se había visto otro por aquella frontera de pobres. Los asientos posteriores iban atiborrados de maletas demasiado nuevas y muchas cajas de regalos todavía sin abrir. Ahí estaba, además el saxofón tenor que había sido la pasión dominante en la vida de Nena Daconte antes de que sucumbiera al amor contrariado de su tierno pandillero de balneario.

Cuando el guardia le devolvió los pasaportes sellados, Billy Sánchez le preguntó dónde podía encontrar una farmacia para hacerle una cura en el dedo a su mujer, y el guardia le gritó contra e1 viento que preguntaran en Indaya, del lado francés. Pero los guardias s de Hendaya estaban sentados a la mesa en mangas de camisa, jugando barajas mientras comían pan mojado en tazones de vino dentro de una garita de cristal cálida y bien alumbrada, y les bastó con ver el tamaño y la clase del coche para indicarles por señas que se internaran en Francia. Billy Sánchez hizo sonar varias veces la vocina, pero los guardias no entendieron que los llamaban, sino que uno de ellos abrió el cristal y les gritó con más rabia que el viento: Merde! Allez-, es pece de con!

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