Todos nos vamos a morir“. Ese es mi único consuelo al saber que alguien querido, conocido o desconocido muere. ¿La cuestión? Es simplemente otra serie de preguntas desprendidas de ésta primera: ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué?

Esos son los cuestionamientos que me hago al enfrentar la muerte en vida. Al observarla propia o ajena a mí entorno o al círculo que me rodea porque no acabo de entender que no terminemos por comprender que la muerte es solo parte de la vida. Que a este mundo venimos y estamos de paso… de manera efímera; y que por ese mismo temor a morir, perdemos nuestra humanidad, nuestra solidaridad y la responsabilidad que conlleva el hacerlo cabalmente porque la vida no solo se trata de respirar. La vida en si misma exige más que proponernos las mejores de las comodidades. La vida no es un carro, o una piscina o dinero.

Cuando a alguien se le pregunta cómo le gustaría morir, inmediatamente se nos viene a la mente el hacerlo con el menor dolor posible o mejor aún, sin darnos cuenta de que ese momento de partir a llegado.

Para mí solo existen dos formas de morir, (al igual que de vivir) resignada y cobardemente por no aceptar el hecho de que en algún momento habremos de partir; ó de una manera digna, valiente y con la seguridad de saber que nuestras vidas, hayan servido de algo; de un ejemplo que quede marcado en el consciente y el subconsciente de los recuerdos de aquellos que habrán de seguir adelante. No quiero encumbrar aspectos heroicos ni mucho menos patrióticos; sino, simplemente, el de hacer entender que en todas partes del mundo y en todo momento, mueren todo tipo de personas de una, u otra manera.

Desgraciadamente (¿O afortunadamente?) de esto último casi ni nos enteramos porque no lo tenemos a la vista, no existen los medios disponibles para enterarnos de ese preciso y fatídico momento. Pero me supongo que al acontecer los fatídicos hechos del viernes pasado (18 de septiembre del año en curso) en la estación del Metro Balderas de la Ciudad de México, muchos nos habremos dado cuenta al ver el video que desde entonces se dio a conocer, que también existe una manera distinta de morir: MORIR ESTÚPIDAMENTE.

¿Por qué? No recrimino la manera heroica y estoica de morir por parte de esta persona, de este ciudadano que no dudó en ofrecer su vida por salvar la de aquellos que ni conocía o de ayudar a quien estaba siendo agredido. Me refiero a MORIR ESTÚPIDAMENTE, porque ustedes fueron testigos (mediante este video) de que nadie ayudó a esa persona cuando luchó por detener una injusticia. ¡Nosotros estamos reflejados como sociedad en ese video! ¿Quién hizo algo o un poco más por ayudar? ¿Por evitar que se cometiera un crimen? ¿Una injusticia? ¿Un asesinato a mansalva? Nadie…

El nombre de esta persona en vida era: ESTEBAN CERVANTES BARRERA. (¡Si! ¡Así con mayúsculas!) Un civil común y corriente de oficio soldador, habitante de la demarcación del Estado de México Valle de Chalco, humilde, padre, hermano, hijo, ciudadano 100% mexicano, un héroe anónimo. Ahora y después de ver la muerte tan de cerca, tan fresca, tan palpable en un video, me pregunto: ¿Vivimos dignamente? ¿Nos merecemos la vida? ¿Queremos a nuestros hijos, a nuestra descendencia? ¿Quién estaría dispuesto a hacer algo similar?

Todo esto me llevó a recordar el final de una de mis películas favoritas: La lista se Schindler. Una película basada en hechos reales que da un poco muestra de lo que han leído líneas arriba. Después que ese empresario alemán salvara la vida de cientos de judíos en la 2da. Guerra Mundial (muertos estúpidamente por la indiferencia humana), en agradecimiento estos sobrevivientes forjaron (con las amalgamas dentales de uno de ellos), un anillo de oro con una inscripción sacada del Talmud, (obra emblemática de las creencias y tradiciones de la religión judía) para regalárselo a manera de agradecimiento y que decía: “Aquel que salva una vida, salva a la humanidad”. Oscar Schindler se puso a llorar porque se sabía muerto en vida al saber que en sus manos estuvo el haber podido salvar a uno, dos o a diez más de esos judíos. El tenía dinero y comodidades… estaba vivo y eso no consolaba la pena por sentirse cómplice del mayor de los crímenes cometidos por el hombre en contra del hombre: LA INDIFERENCIA ANTE LA MUERTE DE UN SEMEJANTE.

El hermano de este señor que murió estúpidamente en el Metro Balderas, lo definió como: “(…) un hombre íntegro al que no le gustaban las injusticias (…)” De eso dio constancia en ese video. No hay duda alguna… El mundo, necesita personas como este señor…

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Sirva este escrito como un reconocimiento y un aliento a los familiares de Don Esteban. Descanse en paz…

(Para aquel que no haya visto el video y quiera verlo, aquí está el enlace: Video en Youtube)