globo1Cada que se me presenta en la memoria un retazo de mi infancia, recuerdo que adoraba un trenecito de hojalata que me regaló mi padre al regresar de uno de sus largos y distantes viajes de trabajo y creo que el cariño que concebía por los obsequios que me traía, terminarían por fundamentar los cimientos y el afecto que inconcientemente y poco a poco, fuí asimilando hacia los valores que hoy en día son casi caducos y fugaces como son la amistad y la lealtad hacia lo que consideramos una buena compañía.

En ocasiones extraño mi infancia y recuerdo con melancolía ese mundo mágico que creaba con la imaginación y me hacía fantasear con un mundo paralelo en donde todos esos objetos inanimados cobraban vida y cada uno de ellos era poseedor de una alma, una personalidad y hasta de sentimientos propios. Recuerdo que me seducían e intrigaban porque terminaba por adoptarlos como ese “caparazón” propio de aquellos que se refugian de la maldad y la injusticia que desde siempre han existido.

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No todos los niños son buenos, pero tampoco quiero dar a entender que al no serlos, se conviertan en malos. Tal vez la combinación de una educación equivocada por parte de los padres y la ausencia del dicernimiento para diferenciar una cosa de la otra, conduzcan a algunos de ellos a confeccionar actitudes no propias de un infante. ¿Quién no recuerda al niño brabucón de la primaria que gustaba de hacerle la vida complicada al diferente, al gordito, al reservado, al feito, etc…?

La vida dentro de nuestra sociedad termina irremediablemente por transformar todas esas conductas en lo que hoy vemos como el pan de todos los días. Hipocrecía, indiferencia, vileza, crueldad y un extenso catálogo de sensaciones agraviantes que terminan por descomponer las entidades que cohabitamos…

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Cuando tenía 6 años, vi una película francesa de 1956 titulada: Le ballon rouge o El globo rojo de Albert Lamorisse que cuenta una hermosa historia sobre la relación de un niño con su peculiar compañero y que ejemplifica de cierta manera algunas de estas cosas que les he platicado. Estoy seguro de que pocos cineastas han logrado darle vida a algo tan aparentemente inexpresivo como ese objeto inflado, atado a un hilo y también que haya logrado describir de un modo tan poético las ilusiones y la imaginación propias de la niñez.

Sin duda, el globo rojo es el gran personaje de este largometraje. Para dotarlo de picardía, de fidelidad, de afecto, el guionista y director Albert Lamorisse se valió únicamente de distintos planos y del arte de la edición. Aquí no hubo efectos especiales, y ningún actor famoso prestó su voz. No, sólo se trató de la cámara y del globo.

A 52 años de su filmación y al recordarla, esa película me hace preguntarme si es demasiado tarde para emprendernos en el mismo vehículo que la ha mantenido vigente por su estética, su expresividad y el sello característico e indiscutible que hace de lo que a simple vista parece mundano; sensible y artístico. No dejemos en desuso esos sentimientos extraviados en el olvido. Rescatémoslos de nuestra infancia y hagamos lo posible para transformarlos en un globo rojo…

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zeptymuz352