El día de muertos es una tradición que ha sabido colarse al corazón mismo de la esencia mexicana. Es mundialmente famosa nuestra admiración y respeto (o la aparente falta de respeto) por la muerte.

Aunque a todos los mexicanos nos une esta tradición del día de muertos, hay ciertas zonas de nuestro país en donde las particularidades han dado un sabor único y diferente de otros lugares del país. Tal es el caso de la zona lacustre de Pátzcuaro, en Michoacán.

Más que un día de fiesta y jolgorio de clásico pueblo del interior, es una manifestación de vocación devota y de respeto genuino hacia las almas de los difuntos. Un tributo al recuerdo.

Las raíces de esta tradición tienen su origen desde tiempos de la conquista, cuando Nuño de Guzmán arrasó (casi) con los pacíficos tarascos que habitaban esas tierras en busca codiciosa de riquezas. Este acto cobarde ahuyentó a los tarascos. Luego Vasco de Quiroga trató de pacificar los conflictos mediante la evangelización, logrando que los habitantes adoptaran un profundo sentido religioso a manera de salvación.

Ahí, en los pueblos de la ribera (Tzintzuntzan, Tzurumútaro, Jarácuaro, en la misma isla de Janitzio y otros más) se realiza una velación la noche anterior. Las campanas resuenan rompiendo el silencio que miles de personas conjugan al mismo tiempo, mientras las almas de los difuntos bajan a convivir con los vivientes. Ofrendas de todo tipo les dan la bienvenida: dulces, comida, flores, fruta, etc. Los dolientes erigen altares sobre las tumbas y encienden velas mientras elevan rezos por sus queridos.

Es la noche en la que Mintzita, hija del rey Tzintzicha, surge de entre las sombras para encontrarse con Itzihuapa, el príncipe heredero de Janitzio a quien le ha profesado un amor milenario y que fue víctima de los sangrientos efectos de la conquista. Cuenta la leyenda que Mintzita ofreció al ruin Nuño de Guzmán el tesoro escondido del lago. Itzihuapa se introdujo en el lago, pero fue aprisionado por una veintena de almas de remeros que lo sumergieron convirtiéndolo en un guardián más del tesoro hundido. El príncipe enamorado emerge entonces de las aguas para encontrarse, como cada año, con su amada Mintzita. Ambos, desde la cúspide del cerro, observan a los vivos y vierten sobre ellos sus bendiciones.

Hay muchas otras tradiciones especiales en esta región, como la velación de los angelitos (Kejtzitakua Zapicheri), las ofrendas en el lago, la reunión y ofrenda de los jóvenes.

Es un lugar sumamente recomendable de visitar en estas fechas, así como en la semana santa en donde son especialmente bellas la procesión del silencio y la exposición de cristos.

Cortesía de El Quejoso